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Periodismo para la gente

Cuentos

¡¡¡Grrrrrrrrrrrrrrr!!!

He ahí tú: tendida sobre la cama, bajo la pacífica custodia de tres suaves paredes de plata.

 

Todo en ti es perfecto.

 

Tus ojos cerrados, música con que llenas mi alma; tus manos juntas como un rezo, que me regalan el apoyo de tu confianza.

 

Ni siquiera el más profundo sueño en el que ahora yaces es capaz de impedir (para mi gloria) que dos suspiros juntos se escapen por la silueta rosa de tus labios…

 

Todo en ti es perfecto.

 

Todo en ti…

 

¡¡¡Óscar!!!
¡A comer!

¡¡¡Grrrrrrrrrrrrrrr!!!

Mötley Crüe

Mötley Crüe

Era todavía un estudiante de colegio cuando ellos llegaron a mi vida…

Uno de mis compañeros de clase, cuya única hermana mayor me gustaba mucho, me dijo que vaya a su casa esa tarde para copiarle la tarea.

Todavía recuerdo que aquella tarde de tareas fui a la casa de mi compañero con la mente en blanco, sin otra cosa urgente en la cabeza que el de volver a la hora prometida.

Llegué como a eso de las tres. Y para mi feliz sorpresa, ella abrió la puerta. Parecía de colores.

Atravesando por un patio mojado por culpa de la ropa recién lavada, que secaba a retazos, a la luz de un sol egoísta, y en largos alambres colgados de no se sabe dónde, me llevó hasta la sala.

Ahí estaba mi compañero de clase, listo para el deber.

Poco después de la primera media hora de trabajo, ella se acercó hacia nuestra mesa y nos preguntó si habíamos terminado.

                                              

—No todavía —le contestó mi compañero.

—Escuchemos algo de música, ¿sí? —sugirió.

                                              

Ni mi compañero ni yo contestamos palabra alguna. Parecíamos concentrados. Entonces, ella se dirigió hacia un mueble donde había un grupo de discos de vinilo, ubicados debajo de su estéreo. Extrajo uno y lo puso sobre la mesa.

Hasta ahora no termino de entender por qué, aquella tarde de tareas, dirigí mi vista hacia el disco. Confieso que nunca antes en mi vida había visto cosa semejante.

No se parecía en nada a los que mi papá tenía en casa, como tampoco se parecían a aquellos que él, junto a mi madre, rechazaba a don Dionisio (en mis tardes de tareas) cada que éste llegaba al pueblo con su enorme caja de discos recién comprados de la ciudad.

En efecto: la contextura de este nuevo disco me parecía más grande y gruesa que las que había visto antes. Y si obviamos ese detalle, su tapa (toda de negro perfecto) tenía un círculo rojo en cuyo interior parecía brillar una estrella de cinco puntas rojas con una leyenda en inglés que nunca hubiera entendido si es que ella, con sus ojos de fuego –y riéndose otra vez– no lo hubiera traducido.

Di la vuelta la tapa del disco, y me llevé la peor impresión de mi vida. Se dividía en cuatro cuadros exactos. En cada uno había un hombre que parecía darle la espalda a un contorno terrorífico de grandes incendios y desastres.

Todos iban vestidos como en los tiempos de Cónan el Bárbaro, con la única diferencia de que éstos «guerreros» no parecían héroes sino afeminados y villanos.

                                              

—¡Ay, mi Dios! —dije.

Ella volvió a reírse. Nos dirigimos, entonces, hacia el estéreo. Y apenas acabaron los dos primeros minutos de música, comenzó todo para mí.

                                              

Aquella tarde de tareas, me olvidé de mi compañero de clase; me olvidé de los deberes; me olvidé de que estaba en su casa; me olvidé de que tenía que llegar temprano a la mía; me olvidé de mi cigarrillo recién prendido en el cenicero con cabeza de dragón y hasta me olvidé de que ella me gustaba.

Sentí, entonces, cómo el resplandor de una magia, difícil de explicar, se apoderaba de mí ser.

Así llegaron ellos a mi vida. Ellos, quienes desde esa tarde de tareas, se convirtieron en parte de mis mejores amigos: 

MÖTLEY CRÜE...

Tonchi

Tonchi
Hace mucho tiempo, cuando mi hermanito menor de seis meses se fue al cielo a jugar con Dios, no sabía nada del famoso día de difuntos.
Antes, esta fecha me era tan indiferente como tantas otras del calendario, a las que con cierta facilidad las identificamos con un número rojo entre los días de negro de cualquier mes del año.
Pero para esta ocasión, y por primera vez en su vida, mi madre había preparado en una pequeña mesa dos velas blancas sobre un mantel negro. Al centro, apoyado sobre la pared, estaba el retrato de Cristo Jesús, aún con la corana de espinas sobre su cabeza. Y unas cuantas masitas alrededor de las velas.
—A las doce en punto llegan las almas —me dijo.
Y yo, incrédulo como de costumbre, no sabía qué contestarle por temor a no herirla con mis tonterías.
Y a la hora señalada, un viento casi fuerte abrió la puerta de par en par. Me asusté, corrí para ver quién la había pateado, pero no pude ver a nadie.
—Ya llegó nuestro Tonchi —me dijo mi madre, casi sonriendo.
Me quedé con la boca abierta. ¡Era cierto, por Dios! Un aire de claveles se sentía dentro de la casa; el mismo que respirábamos en el Pabellón de Ángeles, donde estaba enterrado mi hermanito.
Mi madre se puso a llorar después de haber rezado ante el retrato de Cristo Jesús. Lo propio ocurrió con mi papá y mis hermanos. Aún no podíamos entender ese año (y creo que hasta ahora también) cómo es que Dios, con tanto poder a cuestas, nos arrebataba del hogar al último ser más inocente que nos alegraba la existencia.
Tuvieron que pasar años para darme cuenta de que la muerte, aun con el dolor que trae bajo el brazo, nos invita a no olvidar de que el peor dolor de este mundo es pensar que hemos muerto para siempre.
Ahora sé que las almas tienen su única oportunidad el dos de noviembre de cada año para compartir con sus seres queridos la dicha de estar vivos todavía.

Óscar Ordóñez Arteaga